¿Quién puede vivir sin su vida?
Demasiado absurdo… No, absurdo no era la palabra correcta, pero tampoco estaba segura de que hubiese una que se acercara, si quiera un poco, a lo que sus palabras trataban de darme a entender. Estaba ahí, tan concentrado en lo que decía que ni siquiera notó cuando dejé de prestarle atención. Su voz sonaba clara y segura, estaba más que obvio que había practicado ese discurso más de una vez. Aun así, aunque me negara a escucharlo, no podía apartar la vista de sus ojos. Esos preciosos ojos que me decían con total claridad, lo que su largo discurso intentaba exponer sin mucho éxito. Seguí deleitándome con ellos y tardé un poco en entender por que su mirada ahora reflejaba confusión. Me conecté de nuevo al mundo y me sorprendí al no escuchar su voz. Al parecer había terminado y esperaba que respondiera a una pregunta que, por supuesto, yo no había escuchado. Me sonrió contrariado, ahora deseaba con todo mí ser que se sintiera ofendido y se marchará. Pese a mis deseos, se quedó.
¿Isa? –No sabia que decirle ¿realmente esperaba que contestara algo? Nunca me dejaba opinar acerca del tema. Se limitaba a exponer un sin fin de argumentos que podrían convencer a cualquiera. A cualquiera que no lo conociera y lo amara tanto como yo. Desde que había mencionado las palabras “tenemos que hablar” ya me había hecho una idea. Mi corazón se había preparado, latía tan lento que apenas si podía asegurar que estaba ahí. Estaba harta de tener esta conversación, no importaba que aumentara sus argumentos, era imposible que me convenciera. Sin embargo, no podía negar que su mirada mostraba más convicción ahora que las veces pasadas, no había nada en su lenguaje corporal que indicara duda. Eso me asustaba. Me concentré nuevamente, pensando en que pregunta podría haber formulado. El seguía observando mis reacciones. Si no lo conociera tan bien no hubiera notado al instante ese atisbo de confusión en su rostro. Seguía interponiendo esa mascara tan trabajada de serenidad. Suspiré frustrada, no, no se me ocurría ninguna pregunta.
¿Realmente me estas preguntando algo? –vagué con la mirada lejos de su rostro. Intentaba, con toda mi fuerza, imitar tan siquiera una débil réplica de su mascara. El suspiró también, buscó mi mirada y sonrió nuevamente. Me recordó ligeramente a la sonrisa de un profesor de kinder, paciente, dedicada a hacer entender a un grupo de niños lo imposible. No era una situación muy diferente… Fruncí los labios enojada ¿Me acaba de comparar con un niño de 5 años?
Isa, no has estado escuchando nada de lo que decía –No era una pregunta. Volví a apartar la vista, visiblemente avergonzada. No dijo nada, pero me pareció atisbar una grieta en su tan trabajada mascara. Volvió a suspirar y sin ningún preámbulo me tomó el rostro con ambas manos, obligándome a perderme nuevamente en sus ojos. Él parecía no entender que esa era la principal causa de mi distracción. Tenerlo así de cerca me dejaba completamente fuera de juego, él lo sabía, siempre funcionaba. Lastimosamente, si su propósito era que prestara atención, no iba a tener resultados positivos. Parecía buscar alguna reacción en mi rostro, más precisamente en mis ojos, los cerré, negándome a cooperar. Tendría que cansarse en algún momento, solo esperaba que fuera en este siglo- Estás siendo bastante inmadura –hice un mohín sin abrir ni un ápice mis ojos. Tuve que disimular mi sonrisa cuando sentí como ejercía presión en mis mejillas, perdiendo la paciencia- Isabel, ya es bastante difícil sin que te comportes como una niña.
Bien Diego, ilumíname –abrí los ojos y el apartó sus manos de mi rostro, aparentemente sorprendido por la rudeza compartida de mi voz y ojos. Me sentía bastante débil frente a él, toda su existencia me empujaba a hacer exactamente lo que me pidiera. Pese a ello, mi personalidad rebelde se negaba a aceptarlo. Buscaba cualquier defensa, la más minima. Todo para no caer en sus encantos. Se repuso de la sorpresa y volvió a mirarme con paciencia, no, era más que eso… con amor… detuve mis pensamientos justo cuando sentí que mi corazón se aceleraba. Tal vez era como luchar contra la gravedad.
¿Prometes que me escucharás? –hice otro mohín y me crucé de brazos, mostrando así mi impaciencia. Se limitó a sonreír, con esa sonrisa que tanto me gustaba… aparté mi mirada. Me empezaba a parecer que sería un imposible prestarle atención. – Isabel, cielo… ¿Me puedes explicar qué es tan difícil en escuchar? –le lancé una mirada envenenada, no iba a contestar a esa pregunta. Me sonrojé de solo pensar en la respuesta.- Vale, no me respondas, pero por favor, por favor Isa, intenta escuchar, prometo que seré rápido. –se me hizo un nudo en la garganta, rápido, no quería que fuera rápido. Realmente no deseaba tenerlo lejos, ese era el problema principal: Lo necesitaba demasiado. Tomé aire, no, no estaba preparada para que me dejara, nunca lo estaría, era esa la razón por la que me negaba a escucharlo, no quería asumir que realmente se alejaría de mi, prefería seguir ignorando ese pequeño detalle, que para él, según intentaba darme a entender, no era tan pequeño.-
Sólo quiero que te pongas en mi lugar ¿Qué harías tú? –así que esa era la pregunta. Nunca me había cuestionado cuál sería mi reacción estando yo en su lugar. Había deseado estar en su lugar miles de veces, pero jamás me había detenido a pensar que haría de ser así.
-No lo sé… soy bastante egoísta, lo sabes, no puedo vivir sin ti… -se me quebró la voz al final, a pesar de todos mis esfuerzos, me era imposible no sentir el pesimismo que lo irradiaba a él. Él, que seguía parado en frente mío, con la misma sonrisa. Sería mucho más fácil si quisiera terminar conmigo por que no me amara. Tal vez debió haber usado esa como su primera excusa, aunque encuentro difícil que me hubiera contentando fácilmente con creerle. Sabía… no… sentía que el me amaba tanto como yo a él.- No uses de excusa el no querer hacerme daño, es la peor de todas las que has mencionado. No hay mayor daño que el que me haces al intentar alejarme. Te amo sonso ¿Me puedes explicar qué es lo difícil de entender en ello? –en otras circunstancias se hubiera reído al escucharme imitarlo. Lamentablemente, el ambiente entre nosotros era demasiado tenso, no recordaba cuando había sido la última vez que habíamos reído juntos. Intenté sonreírle, pero la mueca que hice era, tal vez, lo más lejano a una sonrisa.
- No se trata de eso Isabel, no se trata de eso…
- ¿Entonces de qué? Tú ya eres parte de mí, cada cosa que te pase a ti…
- ¡No tiene por que afectarte a ti!
Es un absurdo lo que estas diciendo, me pides que me ponga en tu lugar ¡quisiera que te pusieras tú en el mío! –no supe cuando había empezado a llorar, no hasta que sentí con claridad la humedad de mi lágrimas empapando mis mejillas. Agaché la mirada, cansada, realmente cansada. Se hizo un silencio largo, incómodo… no me atrevía a mirarlo. Temblaba de miedo. No sabría que hacer si al levantar la vista solo hallara aire. Era el mismo miedo que sentía todas las noches. No me dejaban acompañarlo después de que oscurecía. Me desvelaba preguntándome si por la mañana el seguiría ahí…
También soy egoísta Isa – sus palabras me tomaron por sorpresa, sonaban demasiado cerca. Levanté la vista, encontrando su rostro a tan solo unos centímetros del mío- Soy egoísta, pero no quiero serlo cielo… -su aliento era embriagador. Empecé a sentirme mareada, no quería ni respirar, temía moverme y asustarlo. Volvió a tomar mi rostro entre sus manos- Entiende Isa, no te puedo condenar a estar a mi lado… -sentí como mi corazón volvía a latir con fuerza después del paro momentáneo. Fruncí el ceño, era ira lo que corría por mis venas.
¡Basta ya! Esto se fue al límite de lo ridículo. No me voy a separar de ti, no me importa en lo más mínimo que nuestro tiempo juntos se cuente en días, semanas o horas… no me importa. Solo quiero asegurarme de estar cada segundo contigo, solo contigo. –acorté la distancia que había entre ambos y lo besé. Sentí que mis mejillas se humedecían nuevamente, pero no estaba segura de que fuera yo la que llorara. No me detuve hasta que sentí sus brazos alrededor de mi cintura y sus labios respondiendo a los míos. El tiempo pareció detenerse, ya solo podía sentirlo a él. Aparté mis labios apenas unos milímetros para respirar, lo necesitaba. Sus brazos subieron por mi espalda y, con delicadeza, me empujaron contra su pecho, Apoyó su mentón sobre mi cabeza y volvió a suspirar, esta vez resignado. Me quedé ahí, disfrutando del calor de su abrazo, probablemente no habría lugar más perfecto que aquel. Me separó un poco para que mi rostro quedara a la vista. Tomo aire con intención de agregar algo más pero lo detuve poniendo un dedo sobre sus labios.- No, no mi amor… no te dejaré solo nunca, digas lo que digas, estamos juntos en esto. Tu enfermedad no es algo invencible y no dejaré que te aparte de mí. Tú eres mío, el cielo tendrá que esperar un poco para tenerte.
- Isabel… no es tan simple.
- Tampoco fue simple convencerte de que estabas enamorado de mí.
- ¡Vaya comparación!
- Deberías haber dicho “no tuviste que convencerme de nada”.
- No tuviste que convencerme de nada.
- Tramposo.
- Ay Isa Isa… cuanto te amo pequeña…
Nos miramos en silencio. Yo lo sabía, sabía que no estaría mucho tiempo conmigo. Pero eso era obvio ¿Cuándo se ha visto que un ángel ande en la tierra tanto tiempo? No importaba, apenas sucediera lo inevitable, lo seguiría. Después de todo… ¿Quién puede vivir sin su vida?